Urbanismo de Usos, Urbanismo de Tubos

Urbanismo de Usos, Urbanismo de Tubos 

Desde el panorama disciplinar del urbanismo, desde principios del siglo XXI han surgido no pocas e interesantes posiciones, que, si bien no son necesariamente ideas contrapuestas, si que ponen el acento en situaciones muy polarizadas y distantes.

Voy a intentar explicarme.

1.- Antecedente: urbanismo de tejidos

En primer lugar, tenemos el urbanismo de tejidos, el urbanismo disciplinar. El urbanismo de morfologías, que de una manera canónica ha imperado y conquistado universidades y prácticas profesionales desde, como mínimo, los años 70 del siglo pasado, tanto en el plano teórico como en el práctico, llegando hasta hoy. Efectivamente, todavía hay profesionales y académicos que confían a ciegas en nombrar eje cívico a una calle, plaza a un vacío urbano o fomentar interconexiones entre tejidos como si estuvieran hablando de entidades urbanas que por sí mismas pudieran resolver por defecto los problemas inherentes de la complejísima realidad agazapada en lo urbano. 

O expresado de otra manera, determinar que una calle o avenida que físicamente conecta dos morfologías urbanas va a funcionar en la realidad por que se la nombra, por ejemplo, eje cívico, es como esperar que una motocicleta funcione por que la llamo motocicleta. Quiero simplemente decir con ello que la realidad es mucho más compleja que el nombre que la define. 

Quizás la motocicleta no funciona porque no tiene gasolina, o la bujía esta húmeda o el motor está gripado. En este sentido, un eje cívico que sobre el plano puede llegar a tener sentido no acabará funcionando si no se entienden y se dibujan los planos pormenorizados de la vida que se pretende que surja, es decir, las interacciones reales entre los ciudadanos que acabaran usando esa avenida. 

Como dibujar esa especie de cartografía de la domesticidad es extraordinariamente difícil, proyectar desde un urbanismo de tejidos se queda en una simple aproximación impulsada por un desiderátum bien intencionado, pero impreciso. 

Sin embargo, la gran ventaja de esta manera de entender la realidad urbana reside en el valor de reconocer. Esta manera de entender el urbanismo permite aterrizar en cualquier lugar del mundo y a golpe de planos a escala 1:2000 comprender muy rápidamente la imagen congelada de un lugar especifico. Es un urbanismo que permite entender como las ciudades han funcionada hasta ese momento, lo que sin duda es una gran herramienta de análisis.

Pero de la misma manera que aprendes y profundizas en la manera de reconocer, este tipo de urbanismo no te deja conocer y por tanto no ofrece ninguna garantía de éxito para proyectar. En el fondo es un tipo de urbanismo de barrera y distancia, basado en la fe ciega que todo lo que en algún momento fue, también mañana lo será.

Te permite entender la revolución industrial, asumir los procesos de crecimiento de los siglos precedentes, te forma de manera que uno puede llegar a cerrar relatos donde todo encaja en el proyecto, pero en realidad solo permite ver el futuro por el retrovisor.

En cierto modo es una concepción de la ciudad congelada, de tiempo muerto y conducción marcha atrás. Un urbanismo que constata, ¿pero es un urbanismo para proyectar futuros posibles?

2.- El urbanismo de tubos.

Hay otro urbanismo nacido a caballo de bits y megas,[1] que ha ido imponiendo una iconografía al servicio de la tecno-modernidad. Es el urbanismo del capital financiero en forma de infraestructura. Es en buena medida el urbanismo que usa la ciudad como retorno en forma de beneficios privados, como ROI Return On Investment, con el inconveniente que la velocidad de innovación tecnológica sobrepasa el tiempo de amortización. Para entendernos, la ciudad no se puede proyectar desde la simple acción de invertir en fibra, y exigir una compensación o un canon, más aún cuando resulta que la tecnología de transmisión de datos es más eficiente hoy por vía aérea mediante el 5G. 

La tecnología se mueve rápida, la ciudad anda lenta. No es lo mismo desplazar teras que desplazar toneladas.

En realidad, este tipo de urbanismo, o mejor dicho de no-urbanismo, de conquista de la infraestructura, de condicionar el subsuelo, solamente se puede entender desde la voluntad de dominar la cañería, de controlar el tubo, de entender el territorio como un business plan, por lo que lógicamente proyectar desde la infraestructura y dejar que aquello que llamamos de forma abstracta el mercado optimice la inversión. Y eso si bien es muy rentable para unos pocos, no garantiza la calidad urbana para el conjunto de ciudadanos. 

La ciudad es infraestructura es el argumento para someterse a la lógica de los tubos y no a la lógica de los usos. En realidad, es el urbanismo del control y el monopolio, un urbanismo que busca monopolizar el flujo de los medios de producción y distribución digitales, como antes lo fue el monopolio del agua, el monopolio de la electricidad o el monopolio del transporte, ya sea el ferrocarril o las autopistas. 

Las muy mal llamadas Smart Cities han impuesto un urbanismo de subsuelo, de hardware, pero no de software. 

¿Es necesario el urbanismo de hardware? Sin duda. No solamente es necesario, sino que es crítico y estratégico, y por esa misma razón, por ser crítico y estratégico, no debería estar controlado por actores privados que simplemente no invertirán donde no hay un jugoso retorno. 

Esta formulación urbanística permite pilotar en beneficio propio las necesidades de los ciudadanos, para cínicamente proponer soluciones. Soluciones que no se ofrecen a ningún ciudadano, sino que se venden a la estructura logística y mecánica de la ciudad. Soluciones que por ejemplo consisten en diseminar sensores que permiten saber en tiempo real cuando un cubo de basura esta lleno, o monitorizar, también en tiempo real, el tráfico rodado de vehículos de combustión para poder rellenar las calles de más unidades motorizadas y contaminantes por m2 cuadrado. 

Todo el urbanismo de tubos, repito, en parte necesario, se resume en la eficacia[2] de los resultados sin poner en cuestión la pertinencia de los recursos empleados. Por tanto, nos aleja de la eficiencia que por definición se centra en los recursos necesarios para obtener algún resultado.

Para entendernos, un urbanismo basado en la eficiencia se centraría en producir menos basuras y no en recogerlas más rápido, o se plantearía la reducción del trafico rodado privado en vez de hacerlo más fluido para que más coches y más rápido puedan entrar o salir de la ciudad.

Este es un tipo de urbanismo donde lo inteligente y lo Smart solamente se inclina del lado corporativo y pone al ciudadano al final de una larguísima cola de intereses.

3.- El urbanismo de usos.

Lo primero que creo que se debe aclarar es que el urbanismo de usos no se puede confundir con el urbanismo de los usos del suelo, con el urbanismo de programas. El uso recae en el ciudadano, en la manera como cualquiera acaba utilizando la ciudad, sin embargo, el programa es solamente una aproximación a un uso potencial y por tanto recae en una hipótesis. 

El uso proviene de la necesidad, el programa proviene de una consideración.

Esto creo que es clave para entender que significa un urbanismo de usos, ya que en términos programáticos solo se asienta en soluciones más o menos acertadas en el pasado. 

La lógica de un programa, por ejemplo, un % de vivienda, un % de oficinas y un % de zonas verdes, se podían entender cuando la sociedad era estática y los procesos de cambio social iban a una velocidad parecida al tiempo necesario para construir esa ciudad. Por tanto, el registro histórico del comportamiento y las necesidades de diferentes sectores sociales, apenas requerían un afinado de algunos parámetros para acertar y hacer coincidir un programa urbanístico con el uso real que se acabaría dando en ese lugar urbano a proyectar.

Esta manera de hacer ciudad, por supuesto, ha funcionado durante toda la modernidad y ha sido muy pertinente en un mundo que mejora procesos existentes pero que no genera necesidades nuevas.

Creo que sería fácil convenir entre todos que eso ya no es así. La gran masa de personas que conforman la ciudadanía desde los años 60 ha evolucionado de una manera tan extraordinariamente rápida que al final ha destrozado la sincronía entre avances sociales y avances urbanos.

La tecnología y las libertades individuales han erosionado la lógica de la costumbre, de aquellos a lo que estábamos acostumbrados y dispuestos a preservar. 

Quizás un ejemplo clarifique lo que intento explicar. 

La necesidad de viviendas para una población concreta, digamos 10.000 ciudadanos, en los años 50 y la necesidad de viviendas para ese mismo número de personas en la década actual no tiene nada que ver. 

Hoy necesitamos el doble de viviendas construidas para acoger 10.000 personas que durante la mitad del siglo XX. En otras palabras, podríamos decir que hoy necesitamos el doble de ciudad para dar cabida a la misma cantidad de gente que hace 50 o 60 años.

La explicación es tan sencilla como que la sociedad ha evolucionado increíblemente rápido en este corto periodo de tiempo de forma que antes vivían en un apartamento entre 4 o 5 personas que constituían una unidad familiar estable. 

Sin embargo, la aparición de unidades familiares monoparentales, o de personas que viven solas en un piso, ha generado que, aun habiendo reducido en la actualidad el tamaño medio de la vivienda estándar con respecto al estándar de la época, las ciudades necesitan prácticamente el doble de unidades habitacionales.

Por tanto, debido a un urbanismo programático, la transformación social no se detectó con la suficiente agilidad. Se perpetuaron los programas que década a década se volvían más obsoletos hasta llegar a la tensión insostenible en muchas ciudades entre una abultada demanda de viviendas y una escasa oferta. El resultado de esta tensión ha sido el incremento constante del precio de la vivienda.

El urbanismo de usos hubiera actuado de forma totalmente distinta.[3] Para empezar, se hubiera apoyado más en la sociología que en la estadística. Hubiera planificado urbanamente mediante una estructura de código abierto, es decir sin definir de forma cerrada las actuaciones a realizar. Se fijaría de manera determinante en la realidad social de forma individualizada, obteniendo de viva voz los datos para proyectar un crecimiento urbano. 

De toda la información obtenida, destilaría los elementos más significativos y los confrontaría al programa inicial, enriqueciéndolo. 

El urbanismo de usos es inclusivo, adaptativo e interactivo.

Por tanto, proyectar desde un urbanismo de usos significa proyectar en el tiempo y asumir en todo momento su naturaleza fluida. El urbanismo de usos opera en lo táctico como instrumento de intervención inicial y a partir de eso, corrige y afina las decisiones para evitar que los errores se repitan una y otra vez.

Por último, el urbanismo de usos no atiende servicialmente ni a los tejidos urbanos ni a los tubos infraestructurales, pero los entiende y los incorpora como dato. No se deja condicionar por aquello que no está radicalmente cercano al ciudadano y sus hábitos y deseos.  

Por consiguiente, el urbanismo de usos es necesariamente flexible e imperativamente reversible.En la imagen las famosas tuberías de drenaje que atravesaban Berlín durante las décadas de profunda transformación urbana


[1] Ver el iniciático y en ese momento excitante City of Bits: Space, Place, and the Infobahn, de William J. Mitchell

[2] Ver https://axonometrica.blog/2020/03/16/de-la-eficacia-a-la-eficiencia/

[3] Ver https://axonometrica.blog/2018/06/25/algunas-notas-sobre-un-posible-urbanismo-cultivado/

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