La Realidad Suspendida

La Realidad Suspendida

Es posible que una parte de la tarea de escribir esconda la cándida ambición de contar lo incontable, algo así como fijar en palabras, sensaciones y emociones un momento profundamente vital que difícilmente podría llegar a ser narrado de forma oral o en la forma del registro documental que genera un relato audiovisual.

No estoy seguro de estar de acuerdo con lo que acabo apuntar, ya que un buen orador o un buen documentalista negaría esta afirmación, pero mantengo una fe, quizás desmesurada, en la palabra escrita

Escribir es un acto de profunda soledad donde los matices y la pausada elección de cada palabra tienen el espacio y el tiempo adecuado para que un texto sea lo suficientemente evocador y preciso para crear una historia que llegue a profundizar en todos los recovecos de la emoción. 

Para lo que me gustaría poder transmitir en los textos que circulan en axonométrica, a mi parecer, la escritura viene a ser el medio ideal que permite transmitir el impacto emocional de las pequeñas catarsis en forma de ideas escritas, ya sean propias o ajenas.

Esta idea de catarsis queda magnificada, pasando de catarsis a éxtasis, cuando se visita alguna de las obras de arquitectura que uno tiene almacenadas en su olimpo particular.

En el momento que nos enfrentamos a esos edificios que todos llevamos mitificados en algún rincón del alma, un pequeño fragmento de tiempo paraliza la realidad y la pone en suspenso.

La realidad queda suspendida por un instante.

Las emociones entran como un chorro a presión por todos los poros de la piel y llegan al extremo de provocar una leve parálisis motora que de forma inmediata te toma de la mano para llevarte a un estado de embriaguez, donde la diferencia entre realidad y ficción es del grosor de una hoja de celofán.

Y esa sensación de enfrentarse a una arquitectura cara a cara, a la hora de comunicarla, solamente la puedo entender de manera escrita. Difícilmente la entiendo de forma oral, ya que la imprecisión e inmediatez de la oratoria no permite adentrarse en la profundidad de los detalles, y la forma documental requiere del artificio del narrador y del acompasamiento de imágenes en movimiento que acabarían destruyendo el momento de magia y trastorno que genera la primera visita a una arquitectura fetiche.  

Y es que aún habiendo memorizado las plantas, los alzados, las fotografías o incluso, haber visto una obra en películas, la confrontación con la escala 1:1 es de todas las experiencias emotivas para una arquitecta o un arquitecto, a mi modo de ver, la más envolvente, la más poderosa, la más radical.

Hay ciertos edificios que al visitarlos provocan una impresión tan mágica que transforman la percepción y ciertas verdades que considerabas muy bien fraguadas. Una visita a La Tourette, por ejemplo, abre nuevas puertas a la mente y al corazón. Hay encuentros con ciertas arquitecturas que cambian tu código genético, y hablo en términos biológicos, no en términos hiperbólicos.

Visitar una[1] obra de arquitectura excepcional induce una transformación tan brutal en el status quo de lo que hasta en ese momento uno podía considerar inmutable, que solamente lo puedo asimilar al impacto producido por el descubrimiento del primer amor, del primer beso y si ha habido suerte, del primer sexo.

Esa sensación la describe, Alberto Campo Baeza en La Suspensión del Tiempo, uno de los capítulos de Reescribir sobre Arquitectura de Ediciones Asimétricas cuando relata, …algunos espacios arquitectónicos son capaces de producirnos una conmoción interior tal, una suspensión del tiempo, que, aunque pudiera parecer algo abstracto, o un tema más propio de la poesía o de la filosofía, se produce con una fuerza especial, real, palpable, cuando de la arquitectura se trata.

Bajo mi punto de vista, si se suspende el tiempo, se suspende la realidad.

De la misma manera que el cerebro retiene con extraordinaria claridad el lugar, la luz, el entorno, la circunstancia, el olor y a veces incluso detalles más accesorios como la ropa o incluso la hora en la que diste el primer beso de amor, el registro fiel de esta familia de recuerdos se da también cuando has visitado ciertas obras de arquitectura.

Esas visitas a pecho descubierto, es confrontación entre la obra y uno mismo viene a ser como un primer beso arquitectónico.

El primer beso y la primera visita a una obra de arquitectura deambulan por un camino parecido, del que es relativamente fácil trazar un paralelismo entre la convulsión abrumadora que eléctricamente surge del contacto carnal entre dos labios y el zarandeo sensitivo que explota repentinamente al plantarse ante un edificio mítico.

Nadie sale igual de cómo ha entrado. Hay un antes y un después.

Esa catarsis proviene de la energía liberada por una destrucción y construcción instantánea, algo así como si un artefacto explosivo arrasara con todo lo conocido e inmediatamente lo substituyera por una nueva realidad, en el ínfimo espacio que queda atrapado por unos segundos.

Una bomba que destruye y regenera casi al instante.

Así es el primer beso, al igual que así es la primera Ville Savoye, el primer Seagrams, la primera Villa Mairea. 

En ambos casos hay también un anhelo largamente imaginado, proyectado, virtualmente vivido, que en apenas un suspiro se vuelve realidad y provoca un placaje emocional que solo la realidad es capaz de aportar: la inmersión en un intenso abanico de nuevas experiencias que provienen de la simple confrontación con la escala de la realidad, con la escala 1:1 o mejor con la escala 1: corazón.

Toda metamorfosis, incluso la más delicada y pausada, acaba creando un estado de parálisis, de aturdimiento profundo, de incomprensión, e inmediatamente después, se entra por la puerta grande en la euforia y la excitación prolongada.

Vuelvo a Campo Baeza, No en vano la arquitectura es la única creación artística que nos envuelve, en la que entramos y en la que nos movemos. Cuando estamos ante o en esos espacios, en los que verdaderamente merecen la pena, el tiempo parece detenerse, se suspende, se llega a tocar con las manos.

No creo que Campo Baeza esté en desacuerdo si digo que es la realidad entera la que queda en suspenso.

La imagen que ilustra este post pertenece a la serie Evanescencias, Nueva York 1999, de Miquel Codorniu, desaparecido desde el año 2002. En ocasiones este tipo de conmociones también ocurren cuando se visita una ciudad. Esta obra habla de la realidad suspendida producida por la inmersión en una ciudad mitificada en el registro del autor. Una realidad temblorosa, una realidad obnubilada, fijada a fuego en las entrañas. Una realidad que por un instante no deja espacio a nada más. Simplemente se mantiene flotando ante el observador eternamente, aunque apenas hayan transcurrido unos segundos.


[1] CAMPO BAEZA, Alberto, Reescribir sobre Arquitectura, Ediciones Asimétricas, Madrid, 2021

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