Sin Metáforas

Sin Metáforas

La metáfora expresada como figura retórica que establece una relación a partir de una cierta semejanza entre realidades o conceptos distintos, surge de un razonamiento basado en la interpretación de atributos semejantes entre cosas diferentes, pero es una herramienta tramposa.

La metáfora satisface apenas superficialmente el sentido, lo que impide en la mayoría de casos, profundizar en la naturaleza de los objetos en relación.

Es probable que de seguir comparando rigurosamente esos objetos atendiendo a los múltiples ámbitos que los definen, masa, color, textura, porosidad, densidad, materia, forma, etc., lleguemos a la conclusión que en realidad aquello que pensábamos semejante en lo retórico es en realidad apenas el resultado de una ocurrencia que apenas pone de relieve la coincidencia de alguno de esos atributos.

Las metáforas siempre han sido nocivas para la arquitectura. Son simplezas destinadas a saciar la necesidad de entender un porqué y que apenas nutren el qué.

Si desvestimos de metáforas la obra de Antoni Gaudí, si desnudamos sus edificios de retórica fast food, nos encontraremos continuamente con un elaborado tratado constructivo que utiliza la capacidad de la geometría para resolver la distribución de las cargas de una estructura pensada para albergar un gran espacio vacío.

Quizás sea precisamente eso lo más remarcable de toda la obra de Gaudí, su confianza ciega en la geometría para resolver cualquier espacio a través de una estructura portante.

Para conseguir sus propósitos, Gaudí no fiaba el éxito y la eficiencia de las estructuras que diseñaba a reproducir una metáfora de la naturaleza, sino que desplegaba estrategias geométricas que le permitían asegurar un resultado factible.

Las formas que tomaban esas estructuras, siendo digamos, parecidas a ciertas formas conocidas en la naturaleza, no quedaban emparentadas por su analogía formal, sino que ambas, naturaleza y estructura, quedaban emparentadas por las reglas geométricas que resolvían el crecimiento de ambas.

Para que nos entendamos, la geometría precedía a la forma. La forma era resultado, la geometría era raíz.

Esto ya lo tenían claro arquitectos como Viollet le Duc, Buckminster Fuller, Louis Kahn, Fernando Higueras o Enric Miralles.

Pero quien entendió el patrón de la geometría en la naturaleza como vector de crecimiento, quien lo estudió, lo observó, lo anotó, lo teorizó, no fue sin embargo un arquitecto.

Fue D’Arcy Wentworth Thompson, 1860-1948, biólogo y matemático, quién publicó en 1917 On Growth and Form. Thompson publicó el resultado de sus estudios de la morfología del crecimiento y de la forma, observando y comprobando que las formas de las plantas y de los animales se podrían entender en términos de matemática pura, es decir, en términos de geometría. El libro se convirtió en una obra clásica para entender las geometrías implícitas en la naturaleza, la dinámica del crecimiento y los procesos físicos asociados a esa dinámica.

Desconozco si Gaudí llego a saber de Thompson, pero sin duda hubiera sido un encuentro muy suculento.

Ambos se hubieran maravillado el uno del otro, pues en definitiva trasteaban con la misma materia prima, la geometría, y quizás el fruto de ese encuentro hubiera cambiado tanto la obra de Gaudí como algunas observaciones de Thompson. En ambos casos su genio residió en perseverar en una intuición consolidada a base de empirismo.

Esta intuición se podría resumir en que, tras la forma de un crecimiento dado, se esconde la geometría.

Ambos, sin saberlo, compartían el principio de similitud que afirma que el término magnitud y dirección están íntimamente ligados a la idea de crecimiento de manera que ciertas formas específicas están relacionadas con algunos fenómenos de magnitud en el espacio o de extensión de un cuerpo en diferentes dimensiones del espacio.

Lejos queda por consiguiente la idea de analogía metafórica, entendida como la interpretación de unos atributos familiares, por ejemplo, entre una estructura de pilares que se van multiplicando a medida que toman altura y las ramas de los árboles.

Los parecidos no son razonables, es la similitud oculta en la geometría lo que los vuelve razonables, entendibles y en definitiva asumibles.

No dejo de imaginar a Gaudí y D’Arcy Thompson haciendo un café; Daría lo que fuera para ser el camarero.

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