La Paradoja del Portaviones

 La Paradoja del Portaviones

La inmediatez es el peor envoltorio para las grandes decisiones.

En el actual estado de convulsión constante y de emergencia prolongada nos convertimos en un pollo sin cabeza que corretea histéricamente buscando soluciones mágicas, golpeándonos con cualquier obstáculo. Así hasta caer definitivamente.

Es lógico, estamos aterrados, y nuestra primera reacción es huir, salir corriendo por la primera puerta que se nos ponga a tiro, sin analizar que quizás, si abrimos esa puerta la situación puede llegar a empeorar todavía más.

Si hay algo que nunca falla cuando las cosas van mal es que pueden ir peor.

Por eso, responder a las prisas con prisa, no solamente no ayuda, sino que más bien, suele empeorar el problema. Aun más si cabe, cuando el problema se compone por una madeja de reacciones encadenadas, que interactúan en múltiples frentes donde incluso, paradójicamente, lo que soluciona una parte del problema puede empeorar el resto.

Hoy exigimos conocer la solución a todo de forma inmediata, sin darnos cuenta de la verdadera magnitud y la enorme amplitud de los desafíos.

Muchos pensarán leyendo estas palabras que este texto versa sobre la situación excepcional provocada por el Covid-19. Ciertamente la pandemia nos ha puesto contra la espada y la pared de forma extrema, pero aun siendo un grave problema de escala global y simultaneo en el tiempo, el Covid-19, no deja de ser una pandemia con fecha de caducidad.

La paradoja del portaviones, que se puede aplicar por supuesto al modelo de reacción contra el Covid-19, es especialmente indicada para una emergencia infinitamente más importante, la emergencia climática y social en la que hace tiempo que estamos navegando.

En pocas palabras, la paradoja del portaviones nos cuenta que apenas hay que virar 15 grados un navío de esas dimensiones y mantener ese viraje en el tiempo para llegar a un cambio radical, tan radical como hacer virar un monstruo de 90.000 toneladas.[1] Contrariamente a esa estrategia que combina una acción comedida aliada con una planificación en el tiempo, correteamos haciendo aspavientos para encontrar un viraje inmediato de 180 grados en una sola acción, en una única pirueta.

Imaginemos la ciudad como si fuera un simbólico portaviones.

Ahora quizás si empezamos a entender el interés de la paradoja.

El Covid-19 ha servido como parapeto para llevar a cabo un a serie de acciones urbanas que buscan ampliar la cota 0 para el ciudadano y restringir paulatinamente esa cota 0 para los automóviles con motor de combustión. ¡Bien por ello!

Esas intervenciones se han desarrollado con poco presupuesto, se ha ejecutado con inmediatez y simbólicamente representan el viraje de los 15 grados de la paradoja. A este urbanismo táctico le toca ahora una intervención sistemática en el tiempo, hay que mantener un rumbo capaz de transformar un acto fugaz y ligero en una realidad imperecedera, arraigada y bien construida.

Cuando de la pandemia no quede más que el rastro de una pesadilla, es cuando deberemos mantener firme el timón de los 15 grados, cuando no deberemos desviarnos del nuevo rumbo urbano marcado por intervenciones sistemáticas y perpetuas, que con todo el aparato urbanizador contribuyan no solamente a ganar espacio para los ciudadanos, sino a hacer reverdecer cada palmo de terreno ganado al coche.

La ciudad, si mantiene ese rumbo, ira transformándose en un lugar cercano, abierto, vegetal, sensible y amable. Ahora toca hacer urbanismo de senderos, de arboledas, de caminos en paralelo al urbanismo de calles, de plazas y de aceras.

El proyecto más eficiente para la lucha contra la emergencia climática y social es el proyecto del plano horizontal. Como decía el proyecto reside en las calles, las plazas y las aceras, pero también en las cubiertas de los edificios, una superficie horizontal extensísima que pasa normalmente desapercibida.

Hemos visto la eficiencia del giro experimentado en ciudades como París, Nueva York o Barcelona. Ahora toca extender el proyecto al plano del tiempo y en todo el plano horizontal en las concentraciones urbanas. Esa es la infraestructura verde y social que necesitan las ciudades para ser más sanas, más autónomas y más resilientes.

El reto se abre al pasar del urbanismo de la acción, la acción táctica, al urbanismo de la transformación.

La primera vez que oí la paradoja del portaviones me vino a la cabeza la serie Transformations de Hans Hollein, creada entre 1963 y 1968. En la serie, un paisaje agrícola o urbano, a menudo estéril, es el sitio para un objeto industrial monumental. Hollein utilizó la tecnología de la máquina para crear una arquitectura pura y absoluta sin un estilo arquitectónico identificable. Hollein realizó Aircraft Carrier City in Landscape mediante un grupo de fotografías de determinados lugares en 1964, haciendo desaparecer edificios por completo y declarando la forma de la tierra en sí como una afirmación arquitectónica, abonando su idea de que todo es arquitectura.

Relacionado con este punto de vista irónico y politizado, el portaaviones es para Hollein una reliquia iconoclasta de su función anterior; su uso aquí trastoca la asunción común de lo que significa construir en el paisaje contemporáneo. Hoy podríamos argumentar como Hollein, que la ciudad industrial, la que hemos conocido hasta ahora y en la que aún vivimos, ha llegado a puerto y se ha desprendido de su función anterior, producir, para encaminar una función futura, convivir.

Convivir, es decir, vivir con, es el nuevo rumbo. Vivir con lo que comemos, vivir con los que respiramos, vivir con lo que bebemos, vivir con los otros que conviven. Convivir remite a la idea de una nueva alianza con la naturaleza, alianza, que ya anunciaba Ilya Prigogine[2] e Isabelle Stengers[3] en el libro La Nouvelle Alliance,[4] allá por los lejanos años 80.

Tampoco inventamos nada, no seamos tan soberbios.

En definitiva, religando Hollein con la actualidad podríamos llegar a elucubrar que el portaviones en tanto que sujeto urbano ha venido a atracar en el paisaje para hacerse paisaje, y de forma conceptual pensar en términos contemporáneos que la ciudad ha llegado a su punto final para ser de nuevo paisaje.

No imagino un proyecto más apasionante.

En la Imagen, Aircraft Carrier City in Landscape de 1964 https://www.moma.org/collection/works/636?sov_referrer=artist&artist_id=2705&page=1

[1] Ver el concepto de Pentagrowth de Javier Creus, y entre otros textos una referencia a la fabula del portaviones aquí: https://www.madridforoempresarial.es/wp-content/uploads/2020/04/50-Informe-Observatorio_VERSIÓN-WEB.pdf.pdf

[2] Ilya Prigogine fue físico y químico. Ganó el premio Nobel de Química en 1977 por la creación del concepto de estructuras disipativas en 1967.

[3] Isabelle Stengers es filósofa, historiadora de la ciencia y epistemóloga. Recibió en 1993 el gran premio de filosofía que otorga la Academia Francesa.

[4] PRIGOGINE, Ilya, y STENGERS, Isabelle, La Nouvelle Alliance, Gallimard, París, 1986.

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