Cuando mi Barrio es mi Balcón

Cuando mi Barrio es mi Balcón

De todas las especies que afloran estos días por nuestras pantallas, sin duda la más orgánica y conmovedora es la de esos ‘entertainers’ de balcón.[1] Entresaco esta cita del relato social de la realidad COVID que el periodista Albert Fernández publicaba el 18 de marzo en el Periódico.

De todas las situaciones excepcionales que estamos viviendo, una de las más significativas por inesperada, ha sido el reencuentro con el humilde dispositivo arquitectónico que supone el balcón.

No hablamos en este caso de una terraza, o un patio interior, sino de un micro espacio que como herramienta funcional y compositiva se dispone en la fachada a calle de un edificio de viviendas.

Un balcón es por definición un espacio exterior, añadido al plano de fachada, de pequeñas dimensiones. Al ser un añadido y por tanto estar en voladizo, por cuestiones técnicas, tradicionalmente apenas supera los 80 centímetros de vuelo, siendo muy habitual que está pequeña plataforma suspendida oscile entre los 45 y los 60 centímetros.

Otra característica del balcón es que está asociado a un solo vano de la fachada, es decir, a una ventana balconera que llega hasta el suelo y por tanto no está provista de antepecho, por lo que puede incorporar una pequeña plataforma volada. Cuando un balcón llega a prolongarse entre dos ventanas balconeras, solemos llamarlo balcón corrido.

Un balcón viene a ser un espacio exterior protegido por una barandilla que enmarca una ventana. Esta ventana balconera tiene la gran ventaja de permitir ampliar el ángulo visual de las vistas de arriba hacia abajo y favorecer la percepción desde el interior del hábitat, creando así una estancia más abierta al exterior en comparación a una simple ventana. En otras palabras, una ventana balconera nos acerca el primer plano de la calle y por tanto aporta profundidad para poder recorrer visualmente lo cercano, la calle, y lo lejano, el paisaje urbano.

Hay que notar también, que las terrazas, a diferencia de los balcones, son espacios mucho más grandes y que no suelen estar en voladizo, sino que quedan circunscritos en el interior de la caja estructural de un edificio.

En definitiva, este humilde y desapercibido dispositivo parece que tiene mucho más interés por sí mismo de lo que solemos pensar, pero para nuestra sorpresa, en el transcurso de esta pandemia que nos ha obligado a permanecer confinados entre las cuatro paredes de nuestra vivienda, ha tomado un protagonismo espectacular.

En realidad, el balcón, lejos de pertenecer al dominio del espacio privado, se ha convertido en espacio público. Y ese reducto de espacio público que cuelga de numerosas fachadas ha acogido una panoplia de usos posibles como por ejemplo, se ha convertido en una grada desde donde aplaudir, un escenario donde cantar o pinchar música, un micro-solárium, un micro-espacio donde pasear, una placita donde hablar con los vecinos, una terracita para hacer el vermut, o incluso, si la estrechez lo permite, los balcones se han convertido en espacios exteriores para hacer yoga, taichí, sentadillas o incluso para jugar a ping-pong con el balcón vecino. Aún más, un balcón se ha convertido en la cosificación de una especie de tinder vecinal donde es posible seducir al vecino o la vecina.

En otras palabras, el cosmos de personas diversas, usos diversos e intereses diversos que normalmente podíamos observar en las calles y las plazas del barrio, se ha comprimido hasta quedarse en el reducto de un humilde balcón.

Ya hace muchos años que algunos arquitectos pensamos que una fachada es un espacio público verticalizado, es decir, su naturaleza y disposición se debe física y estéticamente a la naturaleza de una calle o una plaza,  antes que a las lógicas del espacio privado que en realidad empieza a partir de la cara interior de una fachada.

Este cambio de estatus de lo privado a lo público, no es menor.

Si realmente pensamos que las fachadas a calle de un edificio, como decía, son espacio público, hay que empezar a proponer, precisamente por el bien público, que esos espacios se agranden al máximo y se favorezca a nivel reglamentario que el vuelo sobre la calle de estas plataformas sea mucho más generoso que el actual. Hay que liderar el paso del balcón, una expresión mínima de superficie pública sobre la calle, a la terraza, entendida ya como un espacio para la vida al exterior que permita el desarrollo con dignidad de todas las expresiones que hemos apuntado aquí.

En definitiva, si alguna lección nos ha enseñado este confinamiento pandémico, es que la preponderancia pública de una fachada, que no solamente define estéticamente la sección de una calle, sino que favorece la relación de las personas con el exterior, obtenga de una vez el status de espacio público, el estatus de espacio relacional, de espacio vivido en libertad individual pero socialmente responsable, en constante interacción con los demás.

Bajo ningún aspecto esta idea va en la dirección de substituir el espacio público tradicional. Todo lo contrario, esta noción persigue enriquecer el espacio público tal y como lo hemos entendido hasta ahora, con el aporte de un nuevo espacio público vertical, lleno de vitalidad y de espacios donde ejercer nuestra condición de ciudadanos.

En cierto sentido de lo que hablamos aquí es de socializar el espacio arquitectónico, de hacer aún más intensa la relación ente la arquitectura y la ciudad que la acoge, y sobre todo, hoy más que nunca, mejorar la calidad espacial de nuevos usos emergentes, que en estos días ha quedado patente, son imprescindibles.

En otras palabras, conseguir con dignidad que nuestro balcón forme parte de nuestro barrio.

En la imagen una de las fotografías de la serie 2020: Pamplona en casa de Pedro Pegenaute, uno de los fotógrafos más poderosos para hacer hablar la arquitectura. ¡Gracias Pedro!

[1] https://www.elperiodico.com/es/onbarcelona/a-la-ultima/20200318/balcones-coronavirus-actividades-vecinos-7895699

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