May You Live in Interesting Times

May You Live in Interesting Times

Contrariamente a lo que pueda sugerir, la frase que vivas tiempos interesantes, forma parte de una maldición.

Cuenta la leyenda que la cultura china tenia reservada esta irónica frase para elegantemente desearte lo peor. La ambigüedad de la frase reside en que no queda estipulado el origen del qué o del quién de esa fuente de interés. La cita me recuerda un comentario de un buen amigo londinense que hace unos cuantos años me describía su momento vital, al mismo tiempo había roto con su pareja, estaba momentáneamente sin trabajo y le habían detectado un cáncer de piel. Ante tal concentración de desgracias, cerraba el relato de su situación con un lacónico its quite an interesting time.

Sin bien parece que nunca se ha llegado a demostrar que la frase formase parte de la cultura china, esta expresión ha calado hondo en la cultura anglosajona hasta tal punto que muchos políticos desde que Joseph Chamberlain la pronunciara en un discurso de 1898 la han usado hasta convertirse en usual. Esa misma cita falsa, ha sido tomada por Ralph Rugof como título de la 58a Biennale de Venecia de Arte. Con este título Rugof pretende dar cuenta de las complejas contradicciones y las fabulosas convulsiones que vive nuestra sociedad. Especial hincapié en esta edición de la Biennale ha sido las referencias más o menos explicitas a el tema mayor que ocupa hoy la humanidad: la aceleración de cambio climático.

Algo de esa ironía no exenta de maldad viene a zarandear la arquitectura y en particular las arquitectas y los arquitectos que se enfrentan a una multiplicidad de contradicciones disciplinares que van camino de alumbrar una dilatada época de incertidumbre.

Creo que en el debate de fondo de la disciplina de la arquitectura está ocurriendo pues, algo parecido a lo que insinúa la cita en cuestión.

Para algunos estos “tiempos interesantes” se abocan a la disolución del oficio de la arquitectura en un entorno extremadamente complejo. No paramos de oír y de clamar por la falta de respeto que se ha ido perdiendo paulatinamente por la figura del arquitecto y la obra arquitectónica. La sociedad ya no nos valora como antes, hay un desprecio profundo por los valores culturales que puede aportar la profesión y el resultado inmediato esta siendo desde hace años la caída inmisericorde de los honorarios devengados por nuestros servicios, con la complicidad vergonzosa de los colegios de arquitectos que actúan por omisión.

Para otros, en los que me incluyo, la disciplina ha entrado de lleno en un área de oportunidades potenciales que deben ser rastreadas y exploradas sin a prioris, con la mente abierta y ambiciosa. La madeja de articulaciones posibles de la disciplina arquitectónica con los ámbitos de la sociología, el medioambiente, la nueva eco-economía productiva, la salud, la tecnología y otras que seguramente me dejo por el camino no dejan de abrir una ventana excitante para pensar, y/o repensar la arquitectura.

No hace falta decir aquí que subyacente en el discurso disciplinar coexisten un sinfín de temas también muy interesantes como lo son, la integración profesional de género, la revisión del código deontológico y su necesaria reestructuración ética, la imprescindible estabilidad de un grueso considerable de arquitectos jóvenes que subsisten en la precariedad, etc.

Bajo el paraguas de la confrontación inicial expuesta más arriba, para simplificar, los que anuncian el fin de la profesión versus los que leen la situación actual como una oportunidad de salir de nuestras cenizas, subyace bajo mi modo de ver la capacidad de los arquitectos de asumir una cierta pérdida de autonomía disciplinar.

Me explico, la arquitectura se puede tomar como un oficio cerrado que conserva y eterniza ciertos códigos y secretos, tal como hacían los masones, los artesanos de la piedra del gótico o por el contrario, la arquitectura se puede entender como un cuerpo de conocimiento abierto, no solamente a lo propiamente disciplinar de la arquitectura, sino también a otras disciplinas o principios que necesariamente impactarán en la toma de decisiones urbanas o arquitectónicas.

Para entender esta lucha, pongamos algún ejemplo especifico. Digamos que estamos en un proyecto en el que tenemos que decidir la materialidad de una fachada a partir de la ingente paleta de opciones posible. Imaginemos también que estamos proyectando un edificio de oficinas.

Si estamos dispuesto a asumir una cierta perdida de nuestra autonomía disciplinar y estamos comprometidos con realizar edificios con una huella de emisiones de carbono prácticamente 0, la paleta se reduce. Ya sea por consejo de especialistas en economía circular o por sugerencia del ingeniero medioambiental, deberemos rechazar por ejemplo el aluminio como material de fachada ya que este genera una huella ecológica enorme en su proceso de extracción de la bauxita. Si no se quiere renunciar al aluminio deberemos como mínimo exigir un certificado de la fabrica que produce el aluminio que el 100% de su producción proviene de aluminio reciclado.

En la misma línea y en positivo, deberemos orientarnos a un acabado o unas carpinterías en madera provenientes de cultivos cíclicos de bosques propios del fabricante y apoyar la consabida formula de 1M3 de madera es capaz de almacenar 1Tn de CO2. Si la madera no la imaginamos en el proyecto, tendremos algunas opciones más, un acabado en ladrillo prensado, que no cocido, o una fachada en piedra. Hay que remarcar que estos materiales apuntados son de origen biológico, de extracción directa y con muy pocos procesos industriales intermedios. Prácticamente son materiales en crudo.

Este ejemplo tan básico saca a flote la pregunta clave, ¿estamos dispuesto a perder autonomía disciplinar, a perder la exclusividad en la toma de decisiones?

No hace falta decir que personalmente, por pura lógica ética y medioambiental, no tengo ni un reparo en perder rangos de libertad en mi toma de decisiones si a cambio se favorece claramente un edificio de bajas emisiones o incluso emisiones 0.

¿Porque sino los edificios con estructura de madera están imponiéndose como opción principal ante un hormigón que su producción conlleva una ingente huella ecológica?

En definitiva, entendemos que aquí el quid de la cuestión es, ¿Dejó que otras disciplinas se entrometan en mis decisiones arquitectónicas, o no estoy dispuesto a ceder ni un ápice de mi ámbito de decisiones a nadie?

Imaginemos que somos una mayoría de arquitectos y urbanistas que cedemos una porción de esa autonomía, pero ¿ganamos algo?

Bajo mi punto de vista ganamos mucho, en tanto que nos entrometemos igualmente en esas disciplinas que seguramente nos acogerán con los brazos abiertos. En otras palabras, a cambio de ser un poco menos arquitectos, no convertimos un poco más en ecólogos.

Ampliemos el foco entonces. De la misma manera que ocurre con la ecología, podemos entrometernos en la sociología si incorporamos a nuestros equipos a sociólogos que nos ayuden a descifrar la comunidad sobre la que se asienta nuestro proyecto y que sin duda nos acabarán acotando nuestra organización urbana y nuestro diseño, por poner un ejemplo. O nos permitirá adentrarnos en la economía si dejamos que especialistas en modelos de desarrollo socialmente justo nos permitan comprender los medios de producción y las estructuras financieras que hay detrás de un proyecto.

En fin, globalmente, esta reflexión acerca de la supuesta perdida de la autonomía disciplinar de los arquitectos, se convierte en una enorme ganancia ya que nos implica en el diseño político de nuestras ciudades y proyectos, algo extraordinariamente común en los arquitectos de los años 60 y 70, y que de forma absurda hemos ido perdiendo en apenas 3 o 4 décadas. La perdida de nuestra autonomía disciplinar abre una ventana de oportunidad para que las arquitectas y los arquitectos volvamos a incidir con fuerza en nuestra sociedad y de paso retomar el prestigio perdido por tantos y tantos años de mirarnos el ombligo.

La crisis medioambiental nos va a dar la oportunidad de explotar nuestro talento más allá de lógicas estrictamente arquitectónicas y transformar desde los cimientos nuestra ya de por si fascinante profesión.

Pasemos de una vez del ME al WE, que se adivinan tiempos interesantes.

La imagen de este texto se corresponde a la instalación-opera Sun & See (Marina), obra de tres mujeres: la artista, músico y compositora Lina Lapelytė, la poeta y dramaturga Vaiva Grainytė y la cineasta y directora teatral Rugilė Barzdžiukaitė. Representando al Pavellón de Lituania, la obra ha ganado el León de Oro de la Biennale de arte de Venecia en su última edición

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